Pájaro negro
La fachada de mi casa es de esos ladrillos rojos que llaman “vistos”. Dejan grieta suficiente para que algunos pájaros vagabundos hagan nidos efímeros que a veces acaban cayendo, pero les hacen vivir la ilusión del hogar.
En algún lugar cercano a mi balcón aunque fuera de mi vista, anida un mirlo. Son pájaros proscritos de esos que vemos pasar en bandadas oscuras en la primavera y el otoño. Son negros, feos y huelen mal. Por la mañana, antes del alba, cuando su fe en lo que resta del día está intacta; erizan sus plumas, estiran el cuello y las patitas y cantan como ruiseñores, reclamándole una pareja al mundo. Por la tarde, cuando la realidad ha defraudado sus esperanzas; graznan feamente para notificarnos administrativamente que han logrado sobrevivir un día más. Últimamente mi mirlo no emigra por algún misterio de esos del cambio climático o por hacerse la ilusión de que ya no es un pájaro transeúnte.
Pero yo sé que cuando, por otro azar, venga un invierno crudo, morirá.
Firmado: Macías Amador