Caballos
La historia de mi vida, de mi vida verdadera no de la que cuento aquí, esta transitada por caballos.
Primero había un caballo de cartón que al envejecer dejaba leer, bajo los rotos de su pintura, letras y frases enteras de periódicos viejos; como todos mis juguetes más queridos, desapareció un buen día y ya jamás lo volví a ver. Todos los días pasaban dos veces frente a mi balcón los soldados ecuestres de la Guardia Mora. Eran hombres de tez oscura y barba entera que desfilaban soberbiamente uniformados encima de sus palafrenes nerviosos, briosos, de cascos finos y cabeza estrecha. Iban envueltos en capas blancas y azules, llevaban una pica cuya punta hería el sol y estaba rematada por un gallardete. Delante iban los mandos; detrás los cornetas y tambores y más atrás aún unos veinticinco jinetes de tropa. Los de la banda, daban, de tanto en vez, un toque floreado, siempre el mismo, que aún hoy resuena nítidamente en mi memoria.
Todos los días también, al oír la diana yo corría y corría y llegaba al balcón sin aliento y, al parecer, igualmente el alma se me asomaba a los ojos pues alguno de ellos no omitían el saludarme orgullosamente con la mano.
También veía pasar a los duques de Alba que, por el centro de la calle volvían, no sé de donde, a su palacio de la calle de la Princesa. Siempre los acompañaban alguno de sus sus hijos: muy formalitos, montados a la inglesa y vestidos, chicos y chicas, de breeches y botas con caña alta. Ellos no saludaban a nadie.
Otras veces, era el carro del hielo del “Laurel de Baco” tirado por dos enormes frisones. Tenían una crin larga y espesa muy bien peinada y la cola trenzada que casi les llegaba hasta el suelo. Paraban junto a la acera a la altura de nuestro portal. Del furgón cerrado salía una especie de gigante, un hombre de un tamaño que armonizaba con los caballos. Sacaba las barras de hielo con unas pinzas acordes a su titánica tarea y las troceaba sirviéndose de un punzón y un mazo no menos formidables. La clientela esperaba su turno, debidamente formada y provista de sendos cubos de cinc para llevarse su mercancía. En la operación volaban nubes de deliciosos diamantes y los chicos procurábamos ponernos bien cerca para que nos saltase a la cara aquella gozosa maravilla.
Había, por fin, las mugrientas caballerías de los traperos que, muy temprano, pasaban a recoger los restos de nuestras comidas, arrastrándolos hacia un destino incierto.
Yo, que nunca he andado a caballo, los miraba avariciosamente cuando pasaban por mi lado y, calle abajo o calle arriba, se iban escapando de mi vista como la vida.
Firmado: Macías Amador